Érase Luiz, con sus cortos años de edad, sintiendo el pulso de la mano de una extravagante directora de primaria en su cuello. La mano sudaba, lo apretaba, lo intimidaba. Lo hacía incubar rebeldía.
Era una mañana soleada de Septiembre, perfecta, a no ser simplemente por esa mano intimadora que lo empujaba, dirigía, que quería estúpidamente controlarlo.
Así Luiz fue empujado a su nueva sala de clases al fondo de un largo pasillo. Del lado izquierdo estaban las puertas de los salones de clase que dejaban escapar quizás por el hoyo de la cerradura voces que sistemáticamente repetían el alfabeto o las tablas de multiplicar.
Del lado derecho del largo pasillo se encontraban unos enormes ventanales totalmente opacos de suciedad que dejaban pasar tenuemente la luz del sol, tibia, cariñosa como un beso, quizás una de las pocas caricias que Luiz conociera en su historia de maltratos.
-Tu salón de clases es cuarto “C”-, dijo firme la directora
-Mas, yo tendría que cursar el primer grado- refutó Luiz.
-A Callar, pedazo de demonio sabelotodo que ya suficientes problemas haz causado, y sólo yo te he recibido para que te disciplines, es tu última oportunidad-
Luiz se encoleró, poniéndose su rostro totalmente rojo y calló, calló de rabia, calló de impotencia, calló porque en el fondo de su alma sabía que el aprender significa sacrificio y paciencia. Y Soledad.
Aunque aprendiera a leer poco antes de los tres años y a su corta edad hubiese leído ya bastantes libros, entre ellos una enciclopedia completa, sabía perfectamente que la gente sólo escucha lo que quiere cuando quiere, tenía que aprender a decir las cosas, y tenía que ajustarse a tener un maldito diploma si quería ser socialmente acepto y huir de la vida miserable que tenía.
La directora abrió la puerta al final del pasillo, donde 70 pares de ojos se clavaron en Luiz y la severa mujer
- Buenos días niños y niñas-pronunció la directora lentamente - Profesor Méndez, aquí le traigo un nuevo alumno, Luiz Camargo. Hablamos después.
El niño se dirigió al asiento que le indicó el profesor, sacó su cuaderno y su lápiz viejo del morral, ahí algo extraordinario llamó su atención, su pupitre. Tenía una cavidad redonda donde quizás antiguamente se colocaba tinta, era de color verde olivo, por el tacto se sentía que había sido pintado y repintado a lo largo de los años.
En una esquina, la pintura se había vencido al tiempo, los descuidos y a los golpes continuos. Luiz se acercó a la raspadura y pudo observar diversas camadas de tinta, ese su pupitre no había sido siempre verde, ya fuera gris, amarillo, celeste y al final, se veía un poco de madera.
Con la parte trasera de su lápiz sin borrador raspó la hendidura para dejar mas a la vista la madera, acercó su pequeña nariz y si…aun se alcanzaba a percibir ese olor cálido, acogedor y suave de madera, su mente se fue directo a un bosque como los que viera en las ilustraciones de los libros.
En su vida típica de ciudad, todos los muebles de su casa eran de aluminio, vinilo y formica, lo mas cerca que había estado de la madera era del aglomerado barnizado, y de su lápiz.
-Profesor, el niño nuevo está maltratando el pupitre, ya los raspó todo- se alzó agudamente la voz de un delator.
-A ver Camargo venga para acá, ya me habían puesto en alerta de usted- dijo severamente el profesor, hizo con un gesto que Luiz extendiera las manos sobre las cuales reciamente golpeó con 5 reglazos.
-Por supuesto ni sabe de lo que estamos hablando verdad-
-Del ojo humano profesor-dijo Luiz secamente, comenzó a recitar todas las partes y funciones del ojo. El profesor irritado lo interrumpió.
-Bueno Camargo, ya que se sabe la lección se me va a la esquina y se hinca sobre el monte de maíz que esta ahí y con la cara hacia la pared.
En silencio el niño fue hacia la esquina y se puso de hinojos en su instrumento de tortura. Los granos se encajaban y laceraban sus rodillas, a las pocas horas estaba ya sangrando, mientras, la clase seguía estudiando el ojo humano.
Y Luiz creció, así, entre residuos de amor, en libertad intersticial, en un mundo vacuo, en la severidad que se exige en un mundo políticamente correcto, en donde la purificación de la diferencia es un menester primordial de un orden político y social incapaz de anular sus privilegios, por eso difunde la anestesia colectiva, la superficial libertad del ciberespacio vigilado, en una explosión de vacío.
Y Luiz creció, porque muchas mas fueron sus heridas y castigos, mas nunca olvidó ver entre las grietas, y que el ojo humano no son sus partes, sino lo que imagina el deseo del espíritu. Aceptó su destino de residuos y a ser residual ante los ojos de los otros.
Y creció por mantener viva su rebeldía en un mundo donde su generación vivió con miedo a los adultos y ahora con miedo de los hijos.
-o-
Salía Luiz de la presentación de su último libro publicado sobre Metafísica, con la común sensación de estar rodeado de esos últimos hombres al estereotipo de Nietzche, usuarios finales de si mismo, individuos terminales, sin esperanza de descendencia ni trascendencia, mas el estaba salvado, pues mantenía su herramienta principal para descubrir el mundo, su viejo lápiz en el bolsillo.
En la vida cotidiana nos trascendemos. En las cosas simples. En los equíovocos y aciertos que nos hacen de estar vivos cada Minuto. Es por ello que la vida cotiana es el decimo arte, manifestación absoluta del siglo XXI
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martes, 5 de febrero de 2008
lunes, 23 de julio de 2007
Amigo
A las veces la vida es tan complicada, pero solo basta ver el Sol
Y asi en la playa una niña a las 4 de la mañana despertó con el canto de un gallo perdido en la arena, ella no conocía la playa y todos los sonidos eran nuevos, pero vamos a entendernos un gallo en el mar no hacía ningún sentido.
Antes de llegar al deseado mar, por casi dos horas había olido simplemnte el aroma a pesacado que expide el Pacífico, por 30 minutos su oido escuchó el golpe del mar sobre la arena..y asi tuvo que supuestamente dormir....
En la madrugada simplemete, la niña, exploraba todos los sonidos y olores, pero el gallo ya fue de mas..y la niña escapó con él, y vio un amplio mundo azul, y sintió la brisa, y el Sol abrazó su piel, y seguía el canto y entró en la maleza, y conoció ahí cangejos y serpientes...y sin saber del peligro cruzó un puente la niña... así colgante...el puente abandonado... y ahí el gallo llegó con sus gallinas y no enseñó mas camino.
A los 6 años darse cuenta que un gallo te engaña, y te pierde es medio fuerte, el entender que no era ni una guia, ni un amigo ni nada, simplemente por libre albedrío le seguiste y él no tiene responsabilidad alguna, y también es medio fuete.
Y ya está hay que volver, y se escuchaba el mar a lo lejos y fue el sonido lo que le orientó, y cruzó el puente, y cruzó la maleza y lleguó al mar y así, y casi asi azul, ya dorado de tarde la niña tomó una dirección porque entendíó que la luz del sol, que es contrario al partir que al llegar, y lleguó con l a piel ardida al punto mismo de partida....Los tios de la criatura estaban lejos..al verla quedaron felices y salvados...pues creian que el mar se la había tragado, y no sabían como llamar a los padres y decirles como la habían perdido o simplemente... que había muerto...sin cuerpo...
Fue simplentemente fantástico..después de haver regresado, totalmente quemada por el Sol nadie se preocupó por su piel o su pensamiento, simplemente era ¨ya apareció¨....y así por una semana sufrió quemaduras de segundo grado... en la playa, aguantando dolor, y quemándose aun mas... el gallo no apareció otra vez...
Mas ahí a los 6 años se da uno cuenta del mundo todo, no creas en quien te va a eseñar por que con certeza no estará cerca, quien esté cerca te va abandonar, porque no te está guiando quizás estés en su camino, y viendo solo el Sol regresarás a lo que conoces, aunque herido, casi de muerte y ya nadie te reconozca, te salvan por su consiciencia, no es por que se importen de ti
Y es por eso mismo el mar...y se tiene que ver el Sol, ....porque del gallo y del hombre no se tiene orientación
Y asi en la playa una niña a las 4 de la mañana despertó con el canto de un gallo perdido en la arena, ella no conocía la playa y todos los sonidos eran nuevos, pero vamos a entendernos un gallo en el mar no hacía ningún sentido.
Antes de llegar al deseado mar, por casi dos horas había olido simplemnte el aroma a pesacado que expide el Pacífico, por 30 minutos su oido escuchó el golpe del mar sobre la arena..y asi tuvo que supuestamente dormir....
En la madrugada simplemete, la niña, exploraba todos los sonidos y olores, pero el gallo ya fue de mas..y la niña escapó con él, y vio un amplio mundo azul, y sintió la brisa, y el Sol abrazó su piel, y seguía el canto y entró en la maleza, y conoció ahí cangejos y serpientes...y sin saber del peligro cruzó un puente la niña... así colgante...el puente abandonado... y ahí el gallo llegó con sus gallinas y no enseñó mas camino.
A los 6 años darse cuenta que un gallo te engaña, y te pierde es medio fuerte, el entender que no era ni una guia, ni un amigo ni nada, simplemente por libre albedrío le seguiste y él no tiene responsabilidad alguna, y también es medio fuete.
Y ya está hay que volver, y se escuchaba el mar a lo lejos y fue el sonido lo que le orientó, y cruzó el puente, y cruzó la maleza y lleguó al mar y así, y casi asi azul, ya dorado de tarde la niña tomó una dirección porque entendíó que la luz del sol, que es contrario al partir que al llegar, y lleguó con l a piel ardida al punto mismo de partida....Los tios de la criatura estaban lejos..al verla quedaron felices y salvados...pues creian que el mar se la había tragado, y no sabían como llamar a los padres y decirles como la habían perdido o simplemente... que había muerto...sin cuerpo...
Fue simplentemente fantástico..después de haver regresado, totalmente quemada por el Sol nadie se preocupó por su piel o su pensamiento, simplemente era ¨ya apareció¨....y así por una semana sufrió quemaduras de segundo grado... en la playa, aguantando dolor, y quemándose aun mas... el gallo no apareció otra vez...
Mas ahí a los 6 años se da uno cuenta del mundo todo, no creas en quien te va a eseñar por que con certeza no estará cerca, quien esté cerca te va abandonar, porque no te está guiando quizás estés en su camino, y viendo solo el Sol regresarás a lo que conoces, aunque herido, casi de muerte y ya nadie te reconozca, te salvan por su consiciencia, no es por que se importen de ti
Y es por eso mismo el mar...y se tiene que ver el Sol, ....porque del gallo y del hombre no se tiene orientación
domingo, 6 de mayo de 2007
La Cruz del Viajero
Érase un caballero, siempre vestido de negro, cabalgando en un corcel negro, parando a descansar solo en las negras noches.
Era Don Fernando un ser enigmático, nadie sabía bien a que se dedicaba, si a la guerra, si al comercio, o era un simple aventurero.
De estampa noble, alto, fuerte, mas de complexión esbelta, llamaba la atención sus cabellos y barba intensamente negros y sus ojos grises con pequeñas tonalidades de verde, acompañados de los rasgos finos de su rostro, sin dejar de ser severos. Tanto su mirada como sus labios de un rojo intenso dejaban escapar de vez en cuando algún rasgo de sensibilidad por el mundo.
Sus paradas nocturnas eran por lo menos dos veces al mes en la villa de Pedraza, donde llegaba directamente a la Plaza Mayor y se hospedaba en la única fonda que ahí se encontraba.
Siempre andaba a todo galope, los cascos de su caballo se oían desde lejos, mas trepitosos aun cuando entraba en la villa con las calles empedradas. Siempre paraba de golpe enfrente de la fonda, dando una jalón en la brida de su corcel que hacía pararlo en dos patas, y de un solo movimiento bajaba del caballo, cayendo en sus dos pies con ágil firmeza, al compás del vuelo de su capa ligera y negra por los aires; su caballo color azabache siempre sudado, vigoroso, con ojos de quien quiere seguir corriendo, quedaba bufando en la entrada, no era necesario ni amarrarlo, tan fiel era el corcel a su amo.
Desde la primera vez que Don Fernando apareció en Pedraza, al llegar a la fonda, pedía la misma mesa, atrás, donde veía la entrada, la cocina, la puerta del fondo, su espalda siempre contra la pared.
Siempre solicitaba el vino de la casa y se acomodaba al guiso, asado o acompastelado de la casa. Desde su lugar de siempre, viendo, apreció a Pepe el dueño o cuidador del lugar, un regordete despeinado de ojos azules y colorado que siempre chanceaba con él, y también veía a la esposa del anfitrión, Pilar, cuidando eternamente de la cocina; ella era terriblemente mora, gitana y atractiva, morena de piel trigueña, cabello negro cacheado y de ojos verde profundo.
Desde su silla, a lo largo de los años, vio como Pilar quedó en estado, y tuvo a su primer y único hijo, Nicolás. Lo vio crecer desde el vientre de su madre, ser arrullado en los brazos de ella al compás de la fervura de sus guisos; le vio comenzar a caminar, a correr por la fonda, hasta que comenzó a hacerse hombre.
A los nueve años, Nicolás ya servía a Don Fernando el vino de la casa, con un respeto absoluto, casi con miedo a ese hombre que llegaba, así nada mas, como el viento y el fuego.
Nicolás había estudiado a Don Fernando pedazo por pedazo. Hombre severo, sabio y gentil a las veces; sin joyas, distinto a la mayoría de los mercantes que pasaban, él solo traía su espada, un anillo de oro con un rubí cuadrado en el dedo anular de la mano derecha y una extraña cruz negra colgada sobre su pecho. Siempre pulcramente afeitado y peinado, despedía un suave aroma como del heno de Pravia recién cortado.
Teniendo Nicolás cerca de 12 años, no aguntando mas la duda le preguntó a Don Fernando
-Me disculpe el señor, mas siempre he tenido curiosidad por saber de que está hecha la cruz que lleva al pecho?
-De clavos para herraduras Nicolás,- contestó gentilmente.
-Me disculpe nuevamente Don Fernando, y por qué?
-Porque es sobre el dolor que uno se abre camino.
El muchacho aseguró la respiración ante la respuesta, bajó la mirada con respeto y se fue a sus labores.
Así pasaron los años. Ya don Fernando tenía algunas canas que adornaban sus sienes.
Un buen día llegó a la fonda y Nicolás estaba muy agitado, atendiendo a todo mundo con rapidez como su tuviera una empresa urgentísima. Con la templanza que caracterizaba a Don Fernando esperó que todo el mundo se fuera, ahí Nicolás, fue corriendo al fogón de su madre y tomó una varita casi totalmente carbonizada, sacó un pedazo de papel que guardaba doblado cuidadosamente en su mandil y se sentó en una mesa a dibujar.
Curioso Don Fernando se levantó y fue a pararse atrás del mozo con la finalidad de ver que estaba haciendo. El muchacho que viera crecer ya contaba casi con unos veinte años, del piel morena clara, cabellos abundantes, lacios y negros…su mirada penetrantemente verde no se separaba del papel.
-Qué dibujas Nicolás-
-Señor, me caso en un mes, estoy diseñando la cama de mi casa-
-Y con quién te casas?-
-Con María, Don Fernando, la hija del panadero-
El hombre sonrió levemente, se quitó la cruz que llevara prácticamente toda su vida al pecho y con cuidado se la colocó en el cuello al muchacho. Nicolás sorprendido se levantó de la silla, mirando absorto la cruz y a los ojos de Don Fernando sin entender que pasaba.
-Nicolás, dijo el viajero,- una vez me preguntaste de que estaba hecha esta cruz, se que te gusta, ahora es tuya, tómala como presente de matrimonio, y recuerda que para ser un hombre debes respetar cuatro cosas, como lados tiene una cruz….. a tus padres, a tu tierra, a tu religión y a la familia que vas a formar, el centro de la cruz, que es donde unen todos los clavos que la forman es el respeto a ti mismo…que Dios te bendiga hijo mío-
Nicolás estaba tan perplejo que no pronunció palabra, Don Fernando se enfiló a la salida de la fonda no sin antes pararse a ver con un aire nostálgico a Pilar que lo miraba fijamente, abrió la puerta, suspiró profundamente, subió a su caballo y partió velozmente sin volver nunca mas ala villa de Pedraza.
Era Don Fernando un ser enigmático, nadie sabía bien a que se dedicaba, si a la guerra, si al comercio, o era un simple aventurero.
De estampa noble, alto, fuerte, mas de complexión esbelta, llamaba la atención sus cabellos y barba intensamente negros y sus ojos grises con pequeñas tonalidades de verde, acompañados de los rasgos finos de su rostro, sin dejar de ser severos. Tanto su mirada como sus labios de un rojo intenso dejaban escapar de vez en cuando algún rasgo de sensibilidad por el mundo.
Sus paradas nocturnas eran por lo menos dos veces al mes en la villa de Pedraza, donde llegaba directamente a la Plaza Mayor y se hospedaba en la única fonda que ahí se encontraba.
Siempre andaba a todo galope, los cascos de su caballo se oían desde lejos, mas trepitosos aun cuando entraba en la villa con las calles empedradas. Siempre paraba de golpe enfrente de la fonda, dando una jalón en la brida de su corcel que hacía pararlo en dos patas, y de un solo movimiento bajaba del caballo, cayendo en sus dos pies con ágil firmeza, al compás del vuelo de su capa ligera y negra por los aires; su caballo color azabache siempre sudado, vigoroso, con ojos de quien quiere seguir corriendo, quedaba bufando en la entrada, no era necesario ni amarrarlo, tan fiel era el corcel a su amo.
Desde la primera vez que Don Fernando apareció en Pedraza, al llegar a la fonda, pedía la misma mesa, atrás, donde veía la entrada, la cocina, la puerta del fondo, su espalda siempre contra la pared.
Siempre solicitaba el vino de la casa y se acomodaba al guiso, asado o acompastelado de la casa. Desde su lugar de siempre, viendo, apreció a Pepe el dueño o cuidador del lugar, un regordete despeinado de ojos azules y colorado que siempre chanceaba con él, y también veía a la esposa del anfitrión, Pilar, cuidando eternamente de la cocina; ella era terriblemente mora, gitana y atractiva, morena de piel trigueña, cabello negro cacheado y de ojos verde profundo.
Desde su silla, a lo largo de los años, vio como Pilar quedó en estado, y tuvo a su primer y único hijo, Nicolás. Lo vio crecer desde el vientre de su madre, ser arrullado en los brazos de ella al compás de la fervura de sus guisos; le vio comenzar a caminar, a correr por la fonda, hasta que comenzó a hacerse hombre.
A los nueve años, Nicolás ya servía a Don Fernando el vino de la casa, con un respeto absoluto, casi con miedo a ese hombre que llegaba, así nada mas, como el viento y el fuego.
Nicolás había estudiado a Don Fernando pedazo por pedazo. Hombre severo, sabio y gentil a las veces; sin joyas, distinto a la mayoría de los mercantes que pasaban, él solo traía su espada, un anillo de oro con un rubí cuadrado en el dedo anular de la mano derecha y una extraña cruz negra colgada sobre su pecho. Siempre pulcramente afeitado y peinado, despedía un suave aroma como del heno de Pravia recién cortado.
Teniendo Nicolás cerca de 12 años, no aguntando mas la duda le preguntó a Don Fernando
-Me disculpe el señor, mas siempre he tenido curiosidad por saber de que está hecha la cruz que lleva al pecho?
-De clavos para herraduras Nicolás,- contestó gentilmente.
-Me disculpe nuevamente Don Fernando, y por qué?
-Porque es sobre el dolor que uno se abre camino.
El muchacho aseguró la respiración ante la respuesta, bajó la mirada con respeto y se fue a sus labores.
Así pasaron los años. Ya don Fernando tenía algunas canas que adornaban sus sienes.
Un buen día llegó a la fonda y Nicolás estaba muy agitado, atendiendo a todo mundo con rapidez como su tuviera una empresa urgentísima. Con la templanza que caracterizaba a Don Fernando esperó que todo el mundo se fuera, ahí Nicolás, fue corriendo al fogón de su madre y tomó una varita casi totalmente carbonizada, sacó un pedazo de papel que guardaba doblado cuidadosamente en su mandil y se sentó en una mesa a dibujar.
Curioso Don Fernando se levantó y fue a pararse atrás del mozo con la finalidad de ver que estaba haciendo. El muchacho que viera crecer ya contaba casi con unos veinte años, del piel morena clara, cabellos abundantes, lacios y negros…su mirada penetrantemente verde no se separaba del papel.
-Qué dibujas Nicolás-
-Señor, me caso en un mes, estoy diseñando la cama de mi casa-
-Y con quién te casas?-
-Con María, Don Fernando, la hija del panadero-
El hombre sonrió levemente, se quitó la cruz que llevara prácticamente toda su vida al pecho y con cuidado se la colocó en el cuello al muchacho. Nicolás sorprendido se levantó de la silla, mirando absorto la cruz y a los ojos de Don Fernando sin entender que pasaba.
-Nicolás, dijo el viajero,- una vez me preguntaste de que estaba hecha esta cruz, se que te gusta, ahora es tuya, tómala como presente de matrimonio, y recuerda que para ser un hombre debes respetar cuatro cosas, como lados tiene una cruz….. a tus padres, a tu tierra, a tu religión y a la familia que vas a formar, el centro de la cruz, que es donde unen todos los clavos que la forman es el respeto a ti mismo…que Dios te bendiga hijo mío-
Nicolás estaba tan perplejo que no pronunció palabra, Don Fernando se enfiló a la salida de la fonda no sin antes pararse a ver con un aire nostálgico a Pilar que lo miraba fijamente, abrió la puerta, suspiró profundamente, subió a su caballo y partió velozmente sin volver nunca mas ala villa de Pedraza.
lunes, 30 de abril de 2007
Arnè, el Alquimista
Despertó Arnè con el Sol de la mañana inundando su habitación, adoraba el brillo del Sol por las mañanas luego de la oscuridad de sus sueños, y mas porque en sus tierras o los días eran largos o las noches interminables.
Saltó de la cama y se dirigió a su terraza, el viento gélido azotó su torso desnudo mientras Arnè respiraba profundamente ese aire limpio del norte que tanto amaba y miraba con curiosidad el mar inmenso que tenía a su frente, como si las olas le hablasen.
-Llegó una vez mas la hora, - pensó para si.
Estiró sus corpulentos brazos volviendo a respirar profundamente como si se cargase de energía en un conjuro entre el Sol, Mar, Viento y Hielo.
Aunque contaba ya con sus 57 años Arnè, para cualquiera era totalmente imposible calcular su edad, pues era casi un gigante de un metro noventa y tres centímetros, vigoroso y atlético, donde la marca del tiempo sólo había dejado en él mayor experiencia, facciones mas marcadas en su rostro y cambios en su cabello, que pasó de ser rojo a totalmente blanco. Al final que tipo de alquimista no tiene el cabello blanco.
Comenzara con sus conjuros como Ingeniero Petroquímico, haciendo especializaciones en Geología, Siderúrgica y Astrofísica. Era respetadísimo en su círculo por la invención de máquinas de alta potencia, aceites y lubricantes resistentes a altísimas temperaturas y radares marinos, inventos de los cuales sus patentes le daban una fortuna de porte para hacer lo que le viniera en gana, y especialmente dedicarse a sus estudios particulares.
Sus ojos de azul profundo miraron al horizonte, se rascó la barba y se dirigió a tomar un baño con agua helada como de costumbre, al entrar nuevamente en su cuarto, vio su cama inmaculadamente blanca y sonrió para si recordando las decenas de hechiceras que en su propio lecho quisieron embrujarlo y a las inocentes doncellas que ahí mismo había desflorado rendidas ante su virilidad y encantos.
Duchándose ya con un jabón de su invención compuesto por zinc, potasio, azufre y polvo de coral, sentía como si fuesen dulces agujas penetrantes el agua helada cayendo sobre su espalda. Adoraba el frío, los tres únicos calores que gustaba Arnè eran los de dormir enredado entre las piernas de una mujer, el fuego con el cual preparaba sus conjuros, y el aliento del Dragón.
Tenía sólo una semana para terminar las pócimas que estaba preparando en su laboratorio, así como los pequeños artefactos que necesitaría para los trabajos de los meses siguientes, pues luego tendría que dejar sus aposentos de Troms y dirigirse a su casa en Ostfold para concretizar ciertos rituales urgentes.
Quería estar libre y dispuesto a todo luego de haber recibido el enigmático mail de su viejo amigo y discípulo Barceló, y haber visto y escuchado el mar esa mañana, era inminente apurar sus trabajos actuales y contactar a Olav.
Saltó de la cama y se dirigió a su terraza, el viento gélido azotó su torso desnudo mientras Arnè respiraba profundamente ese aire limpio del norte que tanto amaba y miraba con curiosidad el mar inmenso que tenía a su frente, como si las olas le hablasen.
-Llegó una vez mas la hora, - pensó para si.
Estiró sus corpulentos brazos volviendo a respirar profundamente como si se cargase de energía en un conjuro entre el Sol, Mar, Viento y Hielo.
Aunque contaba ya con sus 57 años Arnè, para cualquiera era totalmente imposible calcular su edad, pues era casi un gigante de un metro noventa y tres centímetros, vigoroso y atlético, donde la marca del tiempo sólo había dejado en él mayor experiencia, facciones mas marcadas en su rostro y cambios en su cabello, que pasó de ser rojo a totalmente blanco. Al final que tipo de alquimista no tiene el cabello blanco.
Comenzara con sus conjuros como Ingeniero Petroquímico, haciendo especializaciones en Geología, Siderúrgica y Astrofísica. Era respetadísimo en su círculo por la invención de máquinas de alta potencia, aceites y lubricantes resistentes a altísimas temperaturas y radares marinos, inventos de los cuales sus patentes le daban una fortuna de porte para hacer lo que le viniera en gana, y especialmente dedicarse a sus estudios particulares.
Sus ojos de azul profundo miraron al horizonte, se rascó la barba y se dirigió a tomar un baño con agua helada como de costumbre, al entrar nuevamente en su cuarto, vio su cama inmaculadamente blanca y sonrió para si recordando las decenas de hechiceras que en su propio lecho quisieron embrujarlo y a las inocentes doncellas que ahí mismo había desflorado rendidas ante su virilidad y encantos.
Duchándose ya con un jabón de su invención compuesto por zinc, potasio, azufre y polvo de coral, sentía como si fuesen dulces agujas penetrantes el agua helada cayendo sobre su espalda. Adoraba el frío, los tres únicos calores que gustaba Arnè eran los de dormir enredado entre las piernas de una mujer, el fuego con el cual preparaba sus conjuros, y el aliento del Dragón.
Tenía sólo una semana para terminar las pócimas que estaba preparando en su laboratorio, así como los pequeños artefactos que necesitaría para los trabajos de los meses siguientes, pues luego tendría que dejar sus aposentos de Troms y dirigirse a su casa en Ostfold para concretizar ciertos rituales urgentes.
Quería estar libre y dispuesto a todo luego de haber recibido el enigmático mail de su viejo amigo y discípulo Barceló, y haber visto y escuchado el mar esa mañana, era inminente apurar sus trabajos actuales y contactar a Olav.
jueves, 26 de abril de 2007
El Perfume de las Flores
Me encontraba tranquilamente sentada en una mesita ubicada en la calle enfrente de un pintoresco restaurante, tomando obviamente un buen vino, contemplando la gente pasar, imaginando un poco de su vida al ver sus rostros y sus ropas, al compás de una noche tibia con viento fresco de primavera iluminada por una luna en cuarto menguante.
De pronto, una harmoniosa voz masculina me preguntó, En qué piensas?
Aun absorta en mis pensamientos le contesté, En lo que de verdad es importante en la vida....
A sí, y qué piensas que es lo mas importante en la vida? Volvió él a preguntar.
El tener una noche tranquila, comenté sin titubear.
El hombre tomó una silla que estaba cerca, se sentó al lado mío parsimoniosamente, y ahí comencé a percibir que el gentil caballero era bastante atractivo, entrados en sus cincuentas, escrupulosamente bien afeitado y bien vestido. Quien me viera, yo de jeans, con todo el pelo enmarañado por el viento y la cara colorada por haber caminado bajo el Sol todo el día...
Cuéntame por qué piensas eso, insistió.
Bueno, una noche tranquila es un regalo de la naturaleza y de nosotros mismos a nosotros mismos. El caminar a casa con la consciencia en paz, sin deber nada a nadie, sin haber hecho mal, satisfechos por contribir en algo durante nuestra jornada diaria, sin albergar odio, rabia o envidia, sin saberse enfermo, sin la preocupación por alguna desgracia a un ser amado. Saber que se tiene un lecho donde dormir, una cena que tomar, que se puede llegar con seguridad. Es una suma de muchas cosas que a veces no valoramos.
Interesante, comentó él, sabes para mi lo mas importante es el perfume de las flores, simplemente porque no tiene una utilidad práctica palpable, existe sólo para fascinarnos, para evocar nuestros mas profundos sueños y esperanzas.
Se levantó lentamente, me dio un suave beso en los labios y partió.
Aun con el perfume de sus labios en mi boca me quedé pensando, en lo fantástico de la filosofía de este hombre, un poema a la capacidad de sorpresa ante lo cotidiano, y me embargó la felicidad al recordar aquellas flores que solo nos regalan su perfume en las noches tranquilas.
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